Eliška Svoboda
sábado, 6 de septiembre de 2008

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Eliška amaba las noches. Las frenéticas carreras en los callejones serpenteantes de la ciudad, la adrenalina corriéndole por las venas, el aroma a cenizas. Incluso podía llegar a amar el constante ronroneo del motor de su viejo Mercedes cada vez que iba de caza. O las caras sorprendidas de algún niño que desde la ventana de su cuarto la viera pasar con su ballesta al hombro. Pero estar tirada en mitad de una calle en la que todas las farolas habían decidido dejar de funcionar hacía años, con un coche echando humo por los cuatro costados y con la certeza de que su noche de cacería se había ido a la mierda… no, no era algo que ella amara.

Miró a todos lados, intentando buscar a algún alma bondadosa que se ofreciera a ayudarla a arreglar su coche. Pero lo máximo que encontró fue un borracho tirado en una esquina y supuso que lo único que podría hacer ese era rellenar la botella de liquido refrigerante con vino tinto de caja. Así pues, no le quedó más remedio que entrar en el primer local que encontró. Resultó ser un Night Club. Forma fina de decir “Antro de Perdición”, vaya. Debió de haberlo supuesto por las luces de neón de la entrada.

Nada más entrar sintió como se ahogaba en el calor y el humo de aquel infierno lleno de mujeres semidesnudas contoneando las caderas bajo el tintineo de vasos llenos de hielo y silbidos de hombres desesperados. Se quitó la cazadora de cuero blanco y se quedó en camiseta de tirantes. Inmediatamente, se arrepintió de haberlo hecho. Ese simple gesto ya había desatado la lascivia de más de un cliente que la observaba fijamente, como si quisiera acabar de desnudarla con la mirada. Puso los ojos en blanco, intentando contenerse y no empezar a repartir golpes a diestro y siniestro. Aún así, avanzó dando empujones y pisotones sobre el crujiente y polvoriento suelo de madera hasta llegar a la barra, en la cual se apoyó a esperar la llegada de la camarera.

Y cuando esta apareció, anunciando que el precio de una simple llamada por teléfono era una copa, Elis no pudo evitar fusilarla con la mirada. Y deseó ver un par de colmillos afilados sobresaliendo de esos carnosos labios, con tal de poder clavarle una estaca en el corazón y decirle “Consumición, ¡y una mierda!”. Pero, al parecer, no hubo suerte. Aquella niñata con menos de dos centímetros de ropa tenía de sobrenatural lo que ella de santurrona. No iba a poder matarla.

- ¿Agua del grifo, que es gratis? Bah. Mira, no estoy para tonterías esta noche. Se me acaba de joder el coche y tengo cosas más importantes que hacer que discutir con una… En fin, qué mas da. -Pensó que lo mejor sería no llamar “señorita de compañía” a la persona de la cual dependía el telefóno más próximo y, como conscuencia inmediata, su salvación.- Sírveme otro como ese.

Se dio por vencida, señalando el vaso de tequila del cliente más próximo. Mientras esperaba la copa, se fijó en aquel misterioso hombre de cabellos plateados que se sentaba a tan solo un metro de ella. Tuvo un mal presentimiento. Pero acabó achacándolo al desalmado del tequila, que estaba adelantando la mano para tocarle el culo. Se la paró de un guantazo.

- Y rápido. Que he venido para llamar por teléfono a la grúa, no para que me violen.

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3:45:00 p. m.
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septiembre 2008