|Río Moldava|
A Evžen le encantaba el otoño, lo consideraba su estación favorita. Le gustaba esa sensación melancólica que flotaba en el aire, y el crujido de las hojas secas sobre el suelo. Pero aún más que toda la estación, le encantaban los últimos días de verano, donde el sol parecía estirarse lo máximo posible, y el calor daba sus últimos coletazos.
Por suerte, aquella noche era una de esas noches templadas que invitaban a pasear por el centro con una bebida en la mano, y con esa idea salió Evžen de su apartamento en la ciudad.
Sin embargo, como de costumbre, comenzó a divagar, y para cuando quiso darse cuenta, la fresca brisa procedente del río Moldava le acariciaba la cara, provocando que diera una vuelta a la bufanda blanca de lana que llevaba bajo el pelo, al cuello. Comenzó a caminar siguiendo la estela del río, agradeciendo silenciosamente haberse alejado de las calles más centricas, y, en una noche como aquella, bulliciosas.
No es que le disgustase la gente, pero viviendo en una gran ciudad muchas veces olvidabas lo que era la soledad de los paseos nocturnos. Habiendo dejado atrás las brillantes luces de los escaparates, podían distinguirse en el oscuro cielo de la noche varios puntos de luz que dibujaban una sonrisa en la cara del pintor, quien finalmente decidió pararse en la barandilla.
Le encantaba ver el agua correr, era una vista, que, desde pequeño, no se cansaba de contemplar. Además, aquella noche, las aguas oscuras del Moldava estaban tintadas de plata por la luna, que refulgía a cada segundo en una onda distinta, unas veces aquí, otras allá, y otras iluminaba la proa de la barca que surgía de la pared como si nada.
Un momento, ¿La barca? Evžen se obligó a parpadear lentamente dos veces para convencerse de que no era producto de, por lo demás, hiperactiva imaginación. Tal vez fuera esa pequeña vocecilla en su interior que sugería que finalmente había perdido la cordura lo que le hizo abandonar la segura acera de la ribera, pero más probablemente fue la figura que iluminaba en esos momentos la farola cercana.
A la luz amarillenta del viejo poste de luz se distinguía la silueta de una joven, visiblemente asustada y pidiendo auxilio, si bien no con la voz. Muchas horas había empleado Ev en pintar a modelos en vivo como para no reconocer las expresiones más elementales del cuerpo humano, y estando en peligro, nadie disimula demasiado.
Antes de darse cuenta y poder pensárselo dos veces, Evžen había corrido hasta la farola elevado a pulso hasta la barandilla y dejado caer, sin reflexionar en si se abriría la cabeza contra la recia madera de la barca, o rompería una pierna en el salto. Por suerte o por desgracia, esquivó la barca tan sólo por un metro, y digo desgracia porque era Praga en garras del incipiente otoño, más concretamente, las aguas del Moldava a una temperatura nada recomendable para el baño.
El shock del agua fría le sentó como una bofetada en todo el cuerpo simultáneamente, y a los pocos segundos, mientras alcanzaba la barca, sufría temblores y tiritaba con violencia. Afortunadamente, aunque la barca se desequilibró y peligraba con volcar, consiguió subirse a ella, y sólo entonces alcanzó a comprender que estaba congelado, mojado, y no tenía forma de ayudar a la chica. Ni de volver a subir, al menos de momento.
Etiquetas: Evžen Novák