|Río Moldava|
Tras comprobar que la chica estaba muerta, y además, parecía que desde hace un rato ya que la sangre estaba seca y no fluía, Evžen no se puso frenético como cualquier persona normal habría hecho. No.
En pocos segundos, las lágrimas le corrían por las mejillas mientras acariciaba con el pulgar la cara de la mujer, sin pensar que quizá era de lo menos sabio tocar con cadáver sin guantes.
Se mordió el labio mientras la movía para sacar el remo, pues le parecía un crimen seguir molestando en muerte a una chica tan bella como ella. Cerro los ojos un momento para recomponerse, y al seguir viendo dentro de sus párpados a la joven, ya sabía que tarde o temprano la pintaría. Era una de esas cosas inevitables de la vida.
Francamente, Evžen no era atlético. No iba al gimnasio, no corría todas las mañanas ni había sido entrenado desde pequeño en un secreto estilo de lucha familiar, pero aún así tuvo brazos para, con un sólo remo, llevar la barca hasta uno de los laterales del río, donde, aunque estaban más cerca de las faroles, tambien estaban más cerca de las escaleras.
Mientras remaba, pasó por su mente la película Pocahontas, y decidió que remar a un remo era la experiencia más frustrante, estúpida e inútil de su vida. Ya si tenemos en cuenta que probablemente lo acusaran de homicidio si le veían, su situación era de las que a nadie le gusta verse en.
Temblando violentamente, se aupó a las escaleras, y echó un último vistazo a la barca antes de comenzar a escalar. Cuando llegó arriba, por suerte, la calle seguía tan desierta como antes, y esa fue la razón de que nadie ni nada lo disuadiera de ir río arriba y asomar medio cuerpo hasta ver la boca de la alcantarilla.
La noche se volvía más fría y no se veia mucho, pero la imagen de la mujer muerta espoleaba a Evžen, y por segunda vez en cinco minutos se tiró de cabeza al agua, esta vez sin barca a la que trepar. Además, si iba empapado por las calles, la gente podía relacionarle con la barca, y siempre le quedaría esta espinita, puesto que la inocencia infantil que le caracterizaba iba acompañada de curiosidad.
El rubio dio un par de brazadas para llegar a la oscura abertura, y se hizó a pulso del agua. Cuando estaba sentado dentro, dejó pasar un par de minutos para recuperarse.
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