Mila Zeman
sábado, 6 de septiembre de 2008

Penúltima planta del rascacielos. Con Judas Vandernott.

Mila no estaba acostumbrada a aquellas fiestas. El Fiscal solía recibir amenazas de muerte, no invitaciones. Por eso, cuando su jefe le propuso ser su acompañante en aquel pequeño acto de sociedad en el que acudiría la creme de la creme, no dudó en calzarse sus mejores tacones y agarrarse del brazo del viejo abogado. Prefería enfadarse por un terrible dolor de pies a causa de los zapatos que por sueño tras quedarse hasta tarde en el despacho.

Pero, a pesar del entusiasmo que le había puesto, la velada no estaba siendo tan entretenida como Mila había pensado. Nada más llegar a la terraza superior había empezado a charlar con varias personas del lugar sobre economía, justicia y chechos, pero al cabo de media hora se le había pegado un hombre de la edad de su padre si este todavía viviera. La rubia intentó dar conversación, pero él solo respondía con un vago “si”. Le exasperaba. Había buscado con la mirada a su acompañante más de una vez, pero no dio con él entre toda la multitud allí presente.

Hasta que apareció él.

Notó su presencia nada más salió del ascensor. Lo impregnaba un ligero perfume dulzón que hizo que Mila arrugara la nariz; nunca había soportado dicho olor. Y su voz. Un leve susurro grave, como las notas de un contrabajo llevando el compás de la obra entera. Música para los oídos. Claro que solo ella podía escucharlo desde esa distancia. A pesar de que siempre se dijo que la licantropía era una maldición, cuando la luna llena no desplegaba todos sus encantos sobre la noche praguense los sentidos superdesarrollados de los que un hombre lobo -o una mujer lobo, en este caso- gozaban igualaban un poco la balanza.

Intentó quitárselo de la cabeza, siguiendo el hilo de la charla que había empezado hacía ya rato con aquel hombre. Como siempre, respondió con otro “sí”.

Suspiró y volvió a recorrer con la mirada el local, en un intento desesperado de encontrar al fiscal y así poder librarse de su nuevo conocido. Pero no vio al fiscal.

Lo vio a él.

Y sintió que todas las alarmas se disparaban.

Apartó la vista azorada y siguió hablando. No quería problemas. Ni siquiera sabía quién era, pero le daba mala espina. Muy mala espina. Se sintió como cuando huía de algún cazador por las oscuras callejuelas de Praga, intentando no ser atrapada por alguno de aquellos bárbaros. ¿A caso era un cazador? ¿Estaría asociado con otros, como Svoboda? Recordó como aquella zorra casi le había alcanzado con una bala de plata en una persecución en lo más profundo de la ciudad, ayudada por aquel hechicero, o lo que quiera que fuese. Nunca le interesó mucho la magia, y no le puso especial énfasis en aprenderse los distintos tipos de brujos. Aunque el saber a lo que se dedicaba aquel chico le hubiera ayudado bastante a la hora de la verdad.

Fue entonces cuando, repentinamente, aquel desconocido sospechoso la arrastró hasta la pista de baile. No la tuteó, y eso fue un detalle que le pareció bastante extraño. Y, por supuesto, le cabreó el que, sin ningún miramiento, la cogia y la llevara como si de una marioneta se tratara.

- ¡Eh! -se quejó, zafándose de él- ¿Y si ese “tipo” era mi acompañante, burro? -dijo, frunciendo el ceño- Dios, últimamente el cerebro del sector masculino checo parece menguar por momentos.

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3:50:00 p. m.
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septiembre 2008