Alexander K. Grigorev
domingo, 7 de septiembre de 2008

[Carretera hacia Praga - Calles de Praga, junto al río]

Al ritmo de Hell's Bells en el viejo cassette del coche, se comenzaba a perfilar la silueta de Praga, recortada en la mortecina luz rojiza, emitida por el astro que amenazaba con marcharse a dormir pronto, dando paso a la noche, ese momento en el que el mundo cambiaba por uno de terror y pasión. Ese mundo que era una presa para cientos, miles de horrores sin alma que vagaban por él. Ese mundo del que yo era guardián y protector.

La vida no era fácil para un cazador de mi estilo, yendo de un lado a otro, por carreteras muchas veces sin asfaltar, en el desierto, cruzando fronteras a cada paso. Y no sólo las fronteras territoriales: las místicas las cruzaba a cada pensamiento que barría mi mente. Conjuraba en ésta última cada detalle de mis viajes, cada pista, cada ejecución, cada rostro descompuesto de esas aberraciones, al comprender que volverían al infierno del que venían, o simplemente que su existencia imperdonable había llegado a su fin.

Me movía con rapidez, no me quedaba mucho en ningún sitio, y menos si no había infraseres a los que liquidar. Pero esta vez podría ser distinto: podría acabar todo, y establecerme de una vez. Todo dependía de si las pistas que había ido recogiendo y organizando no eran erróneas, y organizaba bien mi estrategia. Ese demonio que exterminó a mi familia me las iba a pagar, y el infierno le parecería el cielo, comparado con los sufrimientos con los que le haría honores.

Las luces de Praga ya comenzaban a ganar intensidad, a medida que el perfume de la última mujer con la que había pernoctado daba sus últimos coletazos en mi ropa. Era un perfume barato, pero la noche había merecido la pena. Uno de los polvos más extrañamente salvajes y placenteros de mi vida, aunque para nada comparable con cierta damisela, hace muchos años, en aquel barrio de las afueras de Moscú...

Con esos pensamientos, entré en la ciudad, conduciendo por sus calles envejecidas, con ese toque de antigua y rica pobreza, de piedra gris con elaborados detalles, señal de glorias pasadas, llenas de vacía suntuosidad. Turistas, prostitutas y jóvenes con aspecto de balas perdidas, demasiado borrachos y drogados para darse cuenta de los horrores que les rodeaban.

Algunas de esas prostitutas parecían criaturas de la noche. Pero a menos que me dieran verdaderos motivos para ejecutarlas, esta vez me saltaría mi código. El demonio debía estar en esta ciudad. Y le encontraría, le torturaría y le ejecutaría. Nada de exorcismos. Si existía alguna forma de matar a un demonio, la encontraría y la emplearía sobre él.

Mi conducción me llevó a uno de los puentes que cruzaban el río Moldova, que en ciertas partes tenía fuertes corrientes. Paré a observarlo, pues el sonido del agua al correr me relajaba. Bajé del coche, y me acerqué a la barandilla. El olor de agua corriendo invadió mi nariz, y lo inspiré con fuerza. Esos momentos de paz eran poco frecuentes en mi vida.

Etiquetas:


11:18:00 a. m.
0 comentarios



septiembre 2008