
|Río Moldava|
Evžen se adentró en el túnel, aún tiritando suavemente. Rozó la pared con los dedos, sin pensar en la guarrada que podría haber, y para su sorpresa sólo había verdín. Continuó andando, mientras el olor a tubería y a alcantarilla se iba haciendo más fuerte, y alzó la bufanda que, milagrosamente no se había desprendido, a su nariz apra taparse el olor, apartándola inmediatamente con un gesto de disgusto.
La escurrió a conciencia en cuanto llego a un cruce, mirando alternativamente a izquierda y derecha. En ese punto ya estaba bastante asustado, pero prefería saber en que se había metido antes de volver a recorrer ese túnel horrible, frío y oscuro. ¿Y si alguien había cerrado la cancela y no podía salir? Además, tendría que volver a tirarse al río, y con lo cansado que empezaba a sentirse, seguramente la corriente le arrastraría y moriría de hipotermia o ahogado.
Eso sólo le dejaba con la elección más simple del universo. ¿Izquierda, o derecha? Evžen volvió a mirar a la derecha, donde la tenue luz del túnel desaparecía paulatinamente hasta formas una oscura boca negra. Se volvió hacia la izquierda, donde la luz era cada vez más suerte, y suspiró aliviado. Al menos la mejor opción estaba clara. Volvió a colgarse una ya menos empapada bufanda, cruzándosela por la boca y la nariz. Parecía una mora, pero al menos el olor era soportable.
El artista recorrió el túnel izquierdo, en el que la luz se hacía más y más fuerte hasta ser puntos luminsos reconocibles, y en otro rato, antorchas. El cansancio hacía mella en sus piernas, resbalándose cada vez más a menudo, y había dejado de pensar en lo que haabía hecho para centrarse en la importante y difícil tarea de poner un pie delante del otro y caminar.
Por eso mismo, casi se cayó al tropezarse con el primer escalón de piedra. Confuso, miró hacia arriba, distinguiendo una trampilla al final de las escaleras. La visión le dio fuerzas renovadas, y se terminó los escalones casi corriendo. Llegado a este punto, le daba casi igual lo que encontrara.
Sintió un momento de puro pánico cuando no pudo abrirla, pensando en tener que recorrer el mismo camino de nuevo, cayéndose sin fuerzas en algún punto de la maloliente alcantarilla hasta que alguien le encontrara. Y acababa de acordarse que había pasado la hora de las pastillas. O eso suponía, porque no llevaba reloj. Sus pensamientos y el pánico le dieron fuerzas para, de un empujón, lograr abrir la compuerta, y deslizarse por ella.
El rubio casi se cae de culo de la impresión. Tras la penosa caminata, cualquiera se esperaría una bodega, o un sótano, pero desde luego que lo que no se esperaba era un salón. ¡¿Y esa alfombra era persa?!
Retrocedió un par de pasos, ensuciando la alfombra mientras. Aunque no hacía precisamente calor, en aquella sala se estaba algo más caliente. Ev echó un curioso vistazo a su alrededor, recordando la chica que le habia traído hasta aquel lugar. ¿Se habría equivocado de túnel?
Si no era así, estaba claro que alguien muy gordo estaba metido en ello, y no lo decía sólamente por el tamaño del sofá.
Localizó una puerta en la habitación y cruzó la estancia a zancadas, deseoso por averiguar más de aquel lugar, o de salir de allí pitando, aún no lo había decidido.
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