Primera ParteRascacielos; fiesta privadaMila, en vez de reprocharle a
Vandernott todo aquel espectáculo, le siguió el juego. Al principio fue algo reacia, pero acabó bailando al son del vals que sonaba en aquel momento, dejándose llevar por el encanto de
Judas, en un intento de olvidar aquel olor que, sin duda, acabaría por hacer que huyera de la sala. Si a Judas lo había embargado un aroma agrio, a
Mila le había ocurrido exactamente lo contrario. Lo que ella respiraba era dulzón, demasiado dulzón. Como si alguien se hubiese puesto tanta colonia que ni siquiera pudieras respirar con toda tu capacidad.
Eso significaba la presencia de un vampiro. Pero, como
Judas, también pensó que su enemigo por naturaleza no sería tan estúpido como para atacarla allí mismo, con tanta gente a su alrededor. Y, si lo hiciera, seguramente sería un chiquillo que no sabría comportarse sin su sire; tendría que matarlo. ¿Por qué aquellos chupasangre estaban por todos lados?
Maldijo para sus adentros y se concentró en el baile.
-¿Puedo tutearte? -susurró
Judas cerca del oído de
Mila- Me gustaría saber tú nombre.
Judas, también se concentró en el baile ya que su experiencia le permitía no preocuparse tanto por el licántropo que rondaba por ahí. Estaba tan cegado por el repentino interés que tenía sobre Mila que ni siquiera se planteó la posibilidad de que fuese ella el origen de aquel agrio aroma.
-
Zeman. Mila Zeman -contestó
Mila, haciendo un esfuerzo enorme por no estremecerse al notar el aliento frío de Judas contra su oreja.
-
Mila... Me gusta. Bueno
Mila ¿qué te trae a una fiesta tan aburrida como esta? Di que nos e peude esperar nada más de una fiesta de negocios.
Mila sonrió ante el comentario.
- Vengo con el fiscal; soy su ayudante -respondió-. ¿Y tú,
Chambers? ¿Que trae por aquí a un ruso con seguramente mejores cosas que hacer que bailar conmigo?
-Vine a conocerte - contestó
Judas un tono misterioso en la voz- Bueno, y a hacer de vigía de mi... tía... -el vampiro casi no recordaba el nombre que había usado para entrar- De mi tía
Mary Chambers. Los obscenamente ricos como yo olvidamos con facilidad los nombres -bromeó.
En ese mismo momento,
Mila notó una atracción sobrenatural por
Judas. Lo achacó al champán, a sus ojos, a su sonrisa e incluso a su acento, pero en el fondo sabía que había algo más. Normalmente, la rubia no se dejaba encandilar tan rápidamente. Ni siquiera solía bailar. Pero la música... y su voz... Se estremeció.
- Ya, claro. La tía
Chambers -contestó, con un punto de sarcasmo en su voz-. No te pareces mucho a ella.
-No, y ella se ocupa de decírmelo todos los días. Creo que cree que no soy hijo de mi padre –el vampiro rió- Y quizá tenga razón
Ambos daban vueltas tan absortos el uno en el otro que chocaron contra otra pareja.
Mila tropezó con el cuerpo de
Judas y este quedó hechizado por sus ojos. Había algo en ellos que le recordaban tiempos más felices. Un brillo peculiar, extraño, muy particular. Fue lo mismo que pensó
Mila al mirar los suyos.
Judas parecía estar hecho de otra pasta.
Y aquel olor...
- ¿Quién eres tú,
Chambers? ¿De dónde has salido? Tu apellido es muy raro siendo ruso. -preguntó.
A
Judas le sorprendió aquel pronto de
Mila. Normalmente, las mujeres con las que trataba, no hacían tantas preguntas tan directas cuando intentaba seducirlas.
- Puedes llamarme
Judas, y si me acompaña fuera de enseñaré de donde he salido. Esta fiesta empieza a agobiarme –apuntó acordándose del licántropo que rondaba por ahí.
- Vayámonos -instó
Mila, apartándose de
Judas y empezando a hacer sitio entre la multitud para poder pasar.
A pesar de su aspecto pequeño y frágil,
Zeman tenía fuerza. No le costó apartar a algún que otro hombretón fornido que había rondando por allí, seguramente el guardaespaldas de algún pez gordo, a pesar de las protestas. No le importaba. Ni siquiera se despidió del fiscal, que hablaba con el hombre de avanzada edad que había estado babeando por ella desde que había pisado el lugar.
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